viernes, 26 de febrero de 2016

CUARESMA

Domingo IV de Cuaresma (C)
1.- Acabamos de escuchar la parábola del hijo pródigo. En ella descubrimos la bondad de Dios, su misericordia infinita descrita por el Señor en esta que llamamos la perla de las parábolas. El evangelio está lleno de manifestaciones de Jesus bueno y misericordioso. Cuando le presentaron a aquella mujer sorprendida en adulterio, para que decidiera si había que aplicar la ley y darle muerte a pedradas a la salida de la ciudad, Jesús la perdonó despidiéndola con aquellas palabras: “anda vete en paz y no peques más”.
Todos los días y domingos del año, pero especialmente los de la cuaresma, contienen expresiones en la Santa Misa que nos invitan a convertirnos, esto es, a acercarnos más a Dios, a reconocer que no somos buenos hijos suyos y pedir perdón; a decidirnos a mejorar, a cambiar, perdonar, rezar más, salir de aquel atasco perezoso, a vivir como Dios espera de un hijo. Pero este domingo la invitación a convertirnos se presenta con tintes de profundidad, de emotividad y de amor extremos.
San Pablo decía en la lectura que, en nombre de Dios, nos pedía que nos convirtiéramos a Dios. Necesitamos querer convertirnos, volver a una mayor amistad, a un cumplimiento más estricto de su voluntad. Querer de verdad, pedir perdón. Dios ha dejado en nuestras manos la decisión de amarle a El o cerrarnos en nuestros egoísmos y hacernos desgraciados. Nuestra grandeza está en que decidimos libremente, responsablemente, meritoriamente, porque queremos, porque nos da la gana.
2.- En nuestra vuelta a la casa de Dios hemos de seguir tres fases, como el Hijo Pródigo:
a) En la primera necesitamos reconocernos pecadores delante de Dios. Siempre lo hacemos nada más comenzar la santa Misa. Si perdemos el sentido profundo del pecado, de lo que está bien o mal,estamos perdidos. El joven de la parábola se da cuenta de su situación cuando llega a envilecerse hasta el punto de pasar hambre, verse sucio, maloliente...Como resultado, le acucia la soledad y la tristeza, el remordimiento y el desasosiego… El ser un porquero era para un judío abominable, el cerdo para ellos es un animal impuro, no comen su carne; pero él tenía que comer lo mismo que comían aquellos animales. El pecado, sumerge al hombre en una situación penosa y sucia, lo hunde en un lodazal de miseria, lo aparta de la amistad con Dios, lo expone al peligro de una condenación eterna.
b) El segundo paso lo da cuando decide volver a la casa de su padre... cuántos jornaleros... Me pondré en camino... y le diré a mi padre...acordarse de la bondad de Dios nuestro Padre. Pensar que el Señor es compasivo y misericordioso, pronto al perdón y al olvido de nuestros pecados. Me decidiré a ir a confesar, a echar por la boca mis miserias y pecados.
c) Y la tercera fase es la reacción del padre que al ver al hijo que venía, corrió hacia él conmovido y se lo comía a besos. Dios nos espera como el padre de la parábola,  extendidos los brazos, aunque no lo merezcamos. Todo termina con aires de fiesta, el anillo, las sandalias los bailes, con una llamada al arrepentimiento y a la esperanza.
3.- Así es Dios con nosotros: decide acercarse con la encarnación, hablarnos como un amigo habla con sus amigos, manifestar su amor con su pasión y muerte...
S. Pablo dice que “hemos sido comprados al precio de su sangre en cada Misa dice el sacerdote después de la consagración: “Esta es la sangre que será derramada por vosotros y por vuestros pecados”, que nos limpia... sangre que se ofrece a Dios y derrama por nosotros.
Que la Virgen nos alcance el don de una verdadera conversión, haciendo una buena confesión.

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