Domingo IV de
Cuaresma (C)
1.- Acabamos de escuchar
la parábola del hijo pródigo. En ella descubrimos la bondad de
Dios, su misericordia infinita descrita por el Señor en esta que
llamamos la perla de las parábolas.
El evangelio está lleno de manifestaciones de Jesus bueno y
misericordioso. Cuando le presentaron a aquella mujer
sorprendida en adulterio, para que decidiera si había que
aplicar la ley y darle muerte a pedradas a la salida de la ciudad,
Jesús la perdonó despidiéndola con aquellas palabras: “anda
vete en paz y no peques más”.
Todos
los días y domingos del año, pero especialmente los de la
cuaresma, contienen expresiones en la Santa Misa que nos invitan a
convertirnos, esto es, a acercarnos más a Dios, a reconocer que no
somos buenos hijos suyos y pedir perdón; a decidirnos a mejorar, a
cambiar, perdonar, rezar más, salir de aquel atasco perezoso, a
vivir como Dios espera de un hijo. Pero este domingo la invitación a
convertirnos se presenta con tintes de profundidad, de emotividad y
de amor extremos.
San Pablo decía en la
lectura que, en nombre de Dios, nos pedía que nos convirtiéramos a
Dios. Necesitamos querer
convertirnos, volver a una mayor amistad, a un cumplimiento
más estricto de su voluntad. Querer
de verdad, pedir perdón. Dios ha dejado en nuestras manos la
decisión de amarle a El o cerrarnos en nuestros egoísmos y hacernos
desgraciados. Nuestra grandeza está en que decidimos libremente,
responsablemente, meritoriamente, porque queremos, porque nos da la
gana.
2.- En nuestra vuelta a
la casa de Dios hemos de seguir tres fases, como el Hijo Pródigo:
a) En la primera
necesitamos reconocernos pecadores
delante de Dios. Siempre lo hacemos nada más comenzar la santa Misa.
Si perdemos el sentido profundo del
pecado, de lo que está bien o mal,estamos perdidos. El joven
de la parábola se da cuenta de su situación cuando llega a
envilecerse hasta el punto de pasar hambre, verse sucio,
maloliente...Como resultado, le acucia la soledad y la tristeza, el
remordimiento y el desasosiego… El ser un porquero
era para un judío abominable, el cerdo para ellos es un animal
impuro, no comen su carne; pero él tenía que comer lo mismo que
comían aquellos animales. El pecado, sumerge al hombre en una
situación penosa y sucia, lo hunde en un lodazal de miseria, lo
aparta de la amistad con Dios, lo expone al peligro de una
condenación eterna.
b) El segundo paso lo da
cuando decide volver a la casa de su padre... cuántos jornaleros...
Me pondré en camino... y le
diré a mi padre...acordarse de la bondad de Dios nuestro Padre.
Pensar que el Señor es compasivo y misericordioso, pronto al perdón
y al olvido de nuestros pecados. Me
decidiré a ir a confesar, a echar por la boca mis miserias y
pecados.
c) Y la tercera fase es
la reacción del padre que al ver al hijo que venía, corrió hacia
él conmovido y se
lo comía a besos. Dios
nos espera como el padre de la parábola, extendidos los
brazos, aunque no lo merezcamos.
Todo termina con aires de fiesta, el anillo, las sandalias los
bailes, con una llamada al arrepentimiento y a la esperanza.
3.- Así es Dios con
nosotros: decide acercarse con la encarnación, hablarnos como un
amigo habla con sus amigos, manifestar su amor con su pasión y
muerte...
S. Pablo dice que “hemos
sido comprados al precio de
su sangre” en cada Misa dice el sacerdote después
de la consagración: “Esta es la sangre que será derramada por
vosotros y por vuestros pecados”, que nos limpia... sangre que
se ofrece a Dios y derrama por nosotros.
Que
la Virgen nos alcance el don de una verdadera conversión, haciendo
una buena confesión.
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